lunes, 3 de junio de 2013

La corrupción en los partidos políticos.

Los partidos ya no son canales de participación política. Un ciudadano con inquietudes, que no busque un cargo público sino un marco de discusión política de sus ideas e iniciativas y una canalización de su tiempo hacia actividades socialmente útiles, no tiene nada que hacer en una de estas agrupaciones. En las reuniones de dichas agrupaciones casi todos los militantes que asisten tienen un cargo público o han conseguido su trabajo gracias al partido. No se entendería y sería tremendamente sospechoso que alguien fuese a las reuniones con objetivos distintos a los de conseguir un cargo o un puesto de trabajo la única participación política que se espera de la ciudadanía es que acuda a las urnas cuando se convocan elecciones. No es solo el ciudadano de a pie el que no puede debatir sus iniciativa, la ausencia de debate caracteriza también a los órganos directivos de los partidos. Si no hay debate tampoco puede haber mecanismos de rendición de cuentas ni de petición de responsabilidades. Así las cosas y con el tiempo, a base de cooptación reiterada, se ha consolidado la llamada “clase política “de personas que deben su cargo o su empleo al favor político. Esta casta abarca desde los porteros hasta los más altos magistrados del Estado, pasando por los miles de empleados públicos de la Administración central nombrados inicialmente a dedo y consolidados con posterioridad mediante discutibles procesos de funcionarización, por no hablar de los organismos que se han creado con la finalidad de pagar sueldos y repartir dietas.
El interés particular de esta clase política consiste en perpetuarse en su actual estado, manteniendo la jerarquía comensalista con la que accede a las arcas públicas y a la extracción de rentas del sector privado de la economía mediante la licitación, la contratación y la regulación. De este modo se configura una élite extractiva que, como todas ellas, resiste ferozmente a todo cambio que pueda acabar afectando al statu quo, aunque sea de manera indirecta. Se han convertido en instituciones para la defensa de intereses particulares en detrimento del interés general y porque son incapaces de articular soluciones a problemas económicos, institucionales,  morales, etc. Del estado. Se han degradado tanto que lo único importante que se dirime en las elecciones es quién gestionará la licitación pública, las subvenciones y la regulación. Es decir, las elecciones deciden a los amigos de quién irán a parar los despojos de la acción política, otras cosas como mejorar la enseñanza, acabar con la corrupción, delincuencia o pobreza acaban siendo irrelevantes por que los principales partidos no tienen propuestas de cómo poder resolverlos, no hay propuestas serias por parte de los partidos con más experiencia de gobierno, los programas electorales acaban siendo ocurrencias o propuestas destinadas a no cumplirse. Eso si todos quieren el poder y sus prebendas.
Todo esto requiere reformas profundas que afectan a su interés particular además requiere una visión del futuro y una capacidad de liderazgo.
El sistema está diseñado para conseguir la estabilidad a toda costa y, desde este punto de vista, es un sistema muy eficaz, aunque el precio que se ha pagado en términos de corrupción, ineficiencia, violencia y desmoralización de la sociedad haya sido muy alto.

Un programa reformista tiene que empezar por rediseñar los partidos políticos. Como se hace en los países constitucionalmente más avanzados, los partidos no deben autor regularse, sino que deben estar regulados desde fuera, por la ley ya que son entidades especiales que tienen el monopolio de la representación política y que se financian principalmente con fondos públicos. Una ley de partidos debería exigir transparencia y democracia interna, con el fin de fomentar el debate, la circulación de ideas y la competencia entre iniciativas diversas. Este cambio se ha de hacer de manera espontánea, desde dentro de los propios partidos políticos. Lamentablemente eso es muy improbable. Tiene que ser la sociedad civil la que, movilizándose, tome el protagonismo y exija los cambios.